Tortuga

 

A finales del 2020, habiendo pasado por cuarentenas y estando presente aún la pandemia, fui a Lima para intentar por última vez conseguir empleo y quedarme a vivir allá. 

Un domingo fui al parque Olivar en San Isidro. Visité a un viejo amigo que aprendí a querer y no a temerle, un viejo pino gigante, se siente muy bien abrazarlo.

Luego fui a un estanque donde hay peces y tortugas.

Entonces me puse a observar a las tortugas a las cuales les tengo mucho aprecio porque yo crié a una tortuga como mascota 8 años.

Observando las tortugas me di cuenta que no hacen mucho, casi todas estaban tomando sol y una se puso a nadar.

Entonces pensé, estos animalitos lentos no hacen mucho en la vida, cuando comen comen, cuando nadan nadan, cuando toman sol lo toman; y así con cada actividad que hacen.

Es muy conocido que las tortugas pueden llegar a vivir más de 100 años.

La mayoría de seres humanos vivimos aceleradamente; nos sumergimos en nuestros trabajos, pensamos en dinero y en cómo sobrevivir cada mes o en cómo ganar más dinero; hacemos planes a futuro, seguimos nuestras metas; pensamos en miles de cosas a la vez, no disfrutamos del presente, solo corremos y corremos contaminándonos y contaminando el planeta.

En ese entonces yo me encontraba en busca de trabajo, pero al observar a las tortugas, tan tranquilas y sosegadas, inmersas en su constante y eterno presente pensé: yo quiero ser así. 

Por eso dejé de preocuparme y decidí dejarme llevar por la corriente de la vida, hacer lo que pueda y si consigo trabajo bien, sino, mi camino no es en Lima y he de regresar a Yungay.

Eso hice, me lo tomé con calma e hice lo que estaba en mis manos. Estuve 40 días en Lima, no conseguí trabajo, así que regresé a Yungay a finales de Enero del año pasado.

Seguí el ejemplo de las tortugas varios meses; a veces trabajaba, haciendo lo posible por evitar contagiarme del covid.

Sin embargo, la mente siempre es atolondrada y empecé a preocuparme en demasía por mi futuro, volví a caer en ansiedad y depresión; pero con el tratamiento psiquiátrico he ido mejorando. 

Aprendí que la mente es como un caballo salvaje al que hay que aprender a dominar de a pocos.

Buda practicaba la meditación para ello, Jesús practicaba la oración. 

La mente es un caballo salvaje al cual con paciencia y esfuerzo se le puede dominar, pero que ha veces puede salirse de control como es natural en un animal salvaje aunque haya sido parcialmente domado.


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