Poema IV
Oh señor ¡Cómo se han marchitado los girasoles en el campo! La sinapsis se apagó en la nuez de mi alma y por más que quisera escenderla el carro ya no anda. Oh maestro, usted era el sol y la esperanza de éste monigote con sombra, me enseñó a resplandecer tanto como usted, de su copa bebía y su pan era mi alimento constante, a su mesa acudía y veía oro acrisolado y toda clase de gemas. Usted señor que le dio cien pies y cien manos a los insectos, dobló las sábanas de la muerte y a ésta no le quedó más fiebre, todo era abundante en su mano y el agua era fermentada y sangrienta, el viento y el mar tomaban lección de sus palabras y como hamaca usaba las aguas; usted brilló como oro blanco y fue el prisma que reflejó el alba; usted que visitó el abismo y regresó de él de un brinco, ni las cabras aladas podían hacerle frente; todos su música danzaban embriagados y a los que se oponían les ponía bozales y grilletes en las narices. Usted gran maestro era oro, el sol incandescente y ...