Poema IV


Oh señor ¡Cómo se han marchitado los girasoles en el campo! La sinapsis se apagó en la nuez de mi alma y por más que quisera escenderla el carro ya no anda.

Oh maestro, usted era el sol y la esperanza de éste monigote con sombra, me enseñó a resplandecer tanto como usted, de su copa bebía y su pan era mi alimento constante, a su mesa acudía y veía oro acrisolado y toda clase de gemas. 

Usted señor que le dio cien pies y cien manos a los insectos, dobló las sábanas de la muerte y a ésta no le quedó más fiebre, todo era abundante en su mano y el agua era fermentada y sangrienta, el viento y el mar tomaban lección de sus palabras y como hamaca usaba las aguas; usted brilló  como oro blanco y fue el prisma que reflejó el alba; usted que visitó el abismo y regresó de él de un brinco, ni las cabras aladas podían hacerle frente; todos su música danzaban embriagados y a los que se oponían les ponía bozales y grilletes en las narices.

Usted gran maestro era oro, el sol incandescente y el amo del huerto, en verdad mi alma se saciaba con usted y en sus calles yo pintaba.

Sin embargo ¡oh desgracia! De la boca de las hadas resultó ser usted, no era oro sino pirita, no era luz sino espejismo. 

El Eterno no dio su voz ni en sus páginas hubo refugio para sus mentiras. 

¡Cómo ha llegado a ser como Babilonia y como Sodoma está desgarrado y olvidado!

¿Qué pues puedo hacer por usted gran maestro?, su vara y su cayado tenían veneno y no pude sacar ni una sola célula de su vientre.

Sin embargo el plástico aún sirve y el vaso aún porta agua; recordaré las letras de sus palabras que tocaron mi alma y me ayudaron a brincar en las praderas y comer jugosos pastizales.

No se preocupe señor, aún hay espacio en la casa y la vela todavía no se apaga.

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